Fue nuestro director espiritual y el de muchas almas. A través de su vida pudimos descubrir a Cristo. Mediante su obrar pudimos comprender cuánto amor a Jesús y a María había en su interior.
Era un sacerdote comprometido, adorador en espíritu y en verdad. Fue instrumento fiel y dócil, incansable, porque Dios obraba en Él.
Nos dejó como herencia su testimonio de vida virtuosa y sencilla. Nos dejó su amor a Jesús Eucaristía. Desde ese Amor pudo cumplir su sueño de dedicar dos oratorios de adoración eucarística perpetua, "usinas de Amor", como él decía, en donde nuestras almas encuentran consuelo y descanso, en donde se respira un pedacito de cielo y en donde somos abrazados por infinitas gracias y bendiciones. Supo vivir el día a día confiando en la Providencia Divina y en María Santísima. Su fe allanó el camino a muchísimas almas.
Fue quien nos hizo creer, confiar y esperar, y quien nos impulsó con su alegría y sabiduría a ser portadores de bondad y misericordia.
Nos guió y ayudó a abrir el corazón a la Presencia Viva de Cristo. Tenemos mucho para recordar, mucho para agradecer. Estará por siempre en nuestros corazones.
